El pecado del hombre empezó con una conversación equivocada. Entró en la humanidad cuando nuestros primeros padres, Adam (Adán) y Jawáh (Eva), se inclinaron para dar lugar al enemigo, prestando oídos a sus palabras.
En Génesis 3:1 dice que la serpiente era el animal más astuto que había en el campo. La palabra “astuto” en hebreo es “arum” “עָרוּם” que también significa “desnudo”, y viene de la raíz “aram” “ערם” que significa “esterilidad”.
Ser “arum” era la condición más elevada de la serpiente, por eso dice la Biblia que era el animal más “arum”. Sin embargo, esa era la condición más inferior del ser humano que representaba las pasiones más bajas. En Génesis 2:25 se dice que el hombre y la mujer se encontraban “arumim” “עֲרוּמִּים” “desnudos”, pero no sentían vergüenza por esa condición, ya que no era en la condición en que vivían, pues en ellos estaba proyectada la imagen de Dios, por lo que estaban rodeados de Su Gloria.
Sin embargo, al prestar atención a las palabras de la serpiente, esta logró rebajarlos a su nivel y que actuaran con instinto animal y pasional, y así los terminó arrastrando juntamente con ella. Por eso, la desnudez llegó a ser vergüenza para ellos, por lo que intentaron esconderse, pues cayeron presas del miedo según Génesis 3:10. Habían sido llevados a una condición muy inferior.
La voz que eliges escuchar puede ser el canal por donde entra la fe (vida – condición superior) o la duda (muerte – condición inferior). Y esto es lo que precisamente nos enseña el apóstol Shaúl:
Romanos 10:17 “Aunque es cierto que la fe procede de aquello que se ha oído; no obstante, es lo oído por medio de la Palabra de Mashíaj”
Él nos enseña que la fe se produce por oír la Palabra, pero no cualquier palabra, sino la Palabra de nuestro Señor. Así que cualquier otra palabra producirá el efecto contrario, la duda, y la duda tiene poder para destruir.
Inicialmente nuestra madre Jawáh prestó atención a la serpiente. Oyó palabras dulces, pero cargadas de veneno: argumentos disfrazados de supuesta verdad. Y como no era la Palabra de Dios, en su corazón se sembró la duda, y la rebelión nació.
Después, ella hizo lo mismo con Adám, le compartió el mismo veneno… y toda la humanidad terminó afectada en su relación con Dios.
Hoy la historia se repite cada vez que prestamos nuestros oídos a voces que no son conforme a la Palabra Divina, y lo único que logramos es la duda, y por ende, nos apartamos de la verdad.
Oír voces que no proceden de la Palabra Eterna nos lleva a un nivel inferior, al miedo, a tener que huir y escondernos de la Presencia de Dios, y sentirnos culpables sin la capacidad de cubrir nuestro pecado.
Pero, a pesar de eso, en su infinita bondad y amor, Dios sigue hablando. Su Palabra sigue viva, sigue trayendo vida, identidad, propósito, sanidad y perdón.
Si elegimos escuchar la Palabra, veremos cómo Su voz limpia nuestra mente, calma nuestras emociones y fortalece nuestro corazón.
Así que, escuchemos lo que Dios tiene para decirnos en su Palabra, y no lo que el enemigo nos quiere susurrar al oído.
No prestemos nuestros oídos a las voces que nos separan, sino a la Palabra que nos restaura, impulsa y devuelve la vida.
Como se ha dicho:
Hebreos 3:15 “«Si ustedes oyen hoy Su Voz, no endurezcan el corazón como sucedió en la rebelión»”


