“Acuérdate de mí…” la última petición que Sansón le hizo al Eterno Dios.
Eso fue todo lo que le pidió.
No pidió una nueva oportunidad.
No pidió borrar su pasado.
No pidió ser rescatado de su situación.
Solo dijo:
“¡Señor YHWH, por favor, acuérdate de mí!”.
Es la frase de alguien que lo ha perdido todo.
Sansón no estaba en un ambiente elegante y propicio.
Estaba ciego, cansado, humillado, dando vueltas como animal de molino.
Había sido fuerte…
y ahora era débil.
Había sido respetado…
y ahora era burla.
¿Te suena?
Sansón no cayó por falta de fuerza.
Cayó por debilidades humanas.
Deseos que no supo frenar.
Decisiones tomadas para sentirse bien un momento.
Confundir lo pasional con necesidad.
Meter a su vida lo que sabía que lo iba a destruir.
Sansón fue Sansón…
pero podríamos ser nosotros, hoy.
Hoy no nos sacan los ojos,
pero la presión nos deja ciegos.
Ciegos por la falta de dinero.
Por las deudas que nos asfixian.
Por los problemas laborales.
Por el matrimonio que se enfría.
Por las discusiones en casa.
Por los hijos que ya no escuchan.
Por el deseo mal dirigido y decisiones erradas.
Por la tentación que entra por la puerta que dejamos abierta.
Y aun así decimos:
“Yo puedo controlarlo”.
Sansón también lo dijo.
Sansón no perdió su fuerza en el campo de batalla.
La perdió en la intimidad.
Porque muchas veces no caemos en público.
Caemos en la sala.
En el cuarto.
En el celular.
En la noche.
Cuando nadie nos ve.
Y cuando ya no queda nada…
cuando ya fallamos,
cuando ya tocamos fondo,
cuando no hay trabajo,
cuando no hay comida,
cuando el matrimonio pende de un hilo,
cuando la depresión aprieta el pecho.
Sansón no dijo:
“Dios, devuélveme todo”.
Dijo algo más humano.
Más real.
Más nuestro: “YHWH, acuérdate de mí”.
No fue una oración bonita.
Fue una oración rota.
La oración de alguien que sabe que falló.
Que perdió.
Que ya no puede defenderse.
Pero que todavía cree que Dios no se ha olvidado de él.
Y aquí viene lo que incomoda y asombra a la vez:
Dios se acordó, a pesar de que la Biblia enseña que YHWH se había apartado de él,
y él ni siquiera se había dado cuenta.
Así que, se acordó, no del Sansón fuerte,
sino del Sansón quebrado.
Pero atención…
Dios le respondió lo que pidió,
dándole lo que necesitaba,
no ser olvidado por Dios.
Sansón pidió justo lo que un corazón deshecho necesita.
Ya no se trataba de la fuerza física,
sino de su alma.
Ya no se trataba de un momento de pasión,
sino de lo eterno.
Y a pesar de la situación en la que estaba, humillado y desacreditado,
aun así, Dios le respondió.
Y aquí es donde esta historia
ya no es de Sansón.
Es nuestra.
Porque muchos estando lejos de Dios,
y sin darse cuenta que Dios ya no está con ellos,
aún siguen recibiendo cosas:
Un trabajo que llegó.
Un problema que se resolvió.
Una puerta que se abrió.
Un favor inesperado.
Y piensan:
“Dios está conmigo aún”.
Tal vez sí…
pero no como creemos.
Dios puede permitir que te llegue la ayuda,
y no estar a favor tu camino.
Puede permitir que recibas, para que atiendas tu necesidad,
a pesar de tener enfermo tu corazón.
Puede permitir que obtengas lo que buscas,
aunque estés perdiendo lo más importante.
Al final, Sansón murió con fuerza en los brazos,
pero había desperdiciado gran parte de su vida.
Lamentablemente murió lejos de todo lo que pudo haber sido.
Sin embargo, a última hora, la misericordia de Dios actuó sobre él.
Pero, ¿qué hubiera pasado si él no hubiera tenido ese último momento de lucidez espiritual,
y haber dicho “YHWH, acuérdate de mí”?
Y la pregunta queda flotando, mirándonos de frente:
¿Y si estás recibiendo cosas…
pero te encuentras como Sansón?
¿Y si estás recibiendo favores…
pero estás poniendo en riesgo lo eterno?
Y el hecho de que recibas las cosas,
no significa que estés bien con Dios.
Tal vez es hora de hacer esa petición tan importante.
Por eso, quizás hoy,
antes de pedir otra fuerza,
otro favor,
otra salida rápida…
Sea el momento de pedir algo distinto,
y decir: ¡Señor YHWH, por favor, acuérdate de mí!



